El mito, la creencia, sobre el poder que posee el lenguaje para alterar la realidad tiene una antigüedad equiparable a la de la propia capacidad de lenguaje. Siempre han existido sortilegios, oraciones, expresiones que han pretendido transformar los hechos mediante su simple enunciación. Ya sean los votos matrimoniales, una sentencia judicial o la maldición de un chamán, esas combinaciones de palabras funcionan como códigos capaces ―al menos en la mente de quienes así lo desean― de alterar la realidad. Desde los relatos del Génesis hasta las tradiciones religiosas que buscan los "nombres verdaderos" de Dios, se ha mantenido la creencia de que ciertas invocaciones no solo describen el mundo, sino que también lo crean. Esta idea se apoya en el hecho de que el lenguaje siempre ha operado en la frontera entre la realidad y su descripción. La capacidad de lenguaje ―en cada uno de los registros en los que se manifiesta, desde el código de programación a los emojis― supone otorgar c...